Oyes la palabra a diario. Tu móvil te recomienda un vídeo, el banco aprueba o rechaza tu tarjeta en segundos, el GPS recalcula la ruta cuando te saltas una salida. Detrás de todo eso hay un algoritmo. Pero entender qué es un algoritmo no exige saber programar: basta con seguir una receta de cocina paso a paso.
Lo importante
- Un algoritmo es una secuencia ordenada y finita de instrucciones que, partiendo de unos datos de entrada, resuelve un problema o realiza una tarea: desde una receta de cocina hasta el motor de una inteligencia artificial.
- Todo algoritmo tiene tres partes (entrada, proceso y salida) y cinco características clave: es preciso, ordenado, finito, definido y eficiente. Existen muchos tipos, desde los de búsqueda y ordenamiento hasta los de aprendizaje automático.
- Los algoritmos ya deciden qué ves en tu feed, qué crédito te conceden o qué anuncio te llega. Entender qué son —y qué dice la regulación europea sobre su transparencia— es hoy una cuestión de ciudadanía, no solo de informática.
Este artículo parte de esa idea sencilla y llega hasta el motor de la inteligencia artificial (IA) y la regulación que hoy intenta vigilarlo.
Un algoritmo es un conjunto ordenado y finito de instrucciones o pasos que, a partir de unos datos de entrada, permite resolver un problema o realizar una tarea. Desde una receta de cocina hasta el motor de una inteligencia artificial, todo proceso descrito paso a paso, sin ambigüedad y con un final, es un algoritmo.
La definición oficial de la Real Academia Española lo expresa casi igual: «conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema»1.
La Encyclopaedia Britannica añade un matiz importante: un algoritmo produce la respuesta «en un número finito de pasos»2. Esa palabra, finito, es la que separa un algoritmo de un proceso que nunca termina.
La analogía más útil es la receta de cocina. Una receta toma unos ingredientes (la entrada), describe una serie de pasos en un orden concreto (el proceso) y entrega un plato (la salida).

Si los pasos están claros, cualquiera que la siga obtiene el mismo resultado. Un algoritmo funciona igual, solo que sus «ingredientes» son datos y quien lo ejecuta suele ser un ordenador.
La palabra «algoritmo» viene del nombre de una persona. Deriva del nombre latinizado del matemático persa Muhammad ibn Musa al-Juarismi (c. 780–850), que dirigió la Casa de la Sabiduría de Bagdad hacia el año 820 e introdujo en el mundo occidental el sistema de numeración indo-arábigo3.
De la traducción latina de su tratado de aritmética, Algoritmi de numero Indorum, nació el término. De otra de sus obras, dedicada al al-yabr, procede además la palabra «álgebra».
El algoritmo no es, sin embargo, un invento moderno. El más antiguo que ha sobrevivido es el algoritmo de Euclides para calcular el máximo común divisor de dos números, descrito hacia el año 300 a. C. en los Elementos4. El informático Donald Knuth lo llamó «el abuelo de todos los algoritmos, porque es el algoritmo no trivial más antiguo que ha sobrevivido hasta hoy»5.
Los algoritmos existen, por tanto, desde mucho antes que los ordenadores; las máquinas solo los ejecutan más rápido.

Todo algoritmo, por simple o complejo que sea, se compone de tres partes: la entrada (los datos de partida), el proceso (la secuencia de pasos que los transforma) y la salida (el resultado). Esta estructura entrada → proceso → salida es universal y describe igual de bien una receta que un sistema de recomendación.
Conviene no confundir el algoritmo con el programa que lo ejecuta. El algoritmo es la idea —la receta escrita—; el programa es esa receta traducida a un lenguaje que la máquina entiende. Volveremos sobre esta distinción más abajo.
Para que una secuencia de pasos merezca el nombre de algoritmo debe cumplir cinco propiedades.
No son una formalidad académica: son lo que garantiza que el resultado sea fiable y repetible.
Los algoritmos se clasifican de muchas formas según el criterio que se use: por su naturaleza, por la estrategia que emplean para resolver el problema o por el campo en el que se aplican. La siguiente tabla resume las familias más habituales y para qué sirve cada una.
| Tipo | Qué hace | Ejemplo |
|---|---|---|
| Búsqueda | Localiza un elemento dentro de un conjunto de datos | Búsqueda binaria |
| Ordenamiento | Coloca elementos en un orden (alfabético, numérico) | Ordenamiento de burbuja |
| Voraces (greedy) | Eligen en cada paso la opción que parece mejor en ese momento | Cálculo de cambio con monedas |
| Programación dinámica | Dividen el problema en subproblemas y reutilizan resultados | Problema de la mochila |
| Probabilísticos | Incorporan azar para resolver más rápido o aproximar | Método de Montecarlo |
| Aprendizaje automático | Aprenden patrones a partir de datos en lugar de seguir reglas fijas | Filtro de recomendación |
Una primera división separa los algoritmos computacionales (pensados para ejecutarse en un ordenador) de los no computacionales (una receta o un manual de montaje siguen siendo algoritmos, aunque los ejecute una persona).
También se distinguen los cualitativos, cuyos pasos se describen con palabras, de los cuantitativos, que operan con cálculos numéricos.
Por su estrategia, los más estudiados en informática son los de búsqueda, los de ordenamiento, los voraces, los de programación dinámica y los probabilísticos. Cada familia ataca un tipo de problema con un método distinto.
Aquí los algoritmos cambian de lógica. En lugar de seguir reglas escritas a mano, los algoritmos de aprendizaje automático (ML) deducen patrones a partir de grandes cantidades de datos. Es el corazón de la inteligencia artificial actual.
Se agrupan en tres familias clásicas:
Cuanto más sofisticado es el algoritmo, más datos necesita: por eso el big data y la IA crecieron juntos. Los grandes modelos de lenguaje, o LLM, que están detrás de los asistentes generativos, son el ejemplo más visible de esta familia.
La forma más rápida de entender un algoritmo es verlo en acción, tanto en la vida diaria como en su versión informática clásica.
Un algoritmo es la descripción abstracta de cómo resolver un problema; un programa es ese algoritmo escrito en un lenguaje de programación concreto para que un ordenador lo ejecute.
El algoritmo es la idea; el programa, su puesta en práctica.
La distinción importa porque un mismo algoritmo puede programarse en muchos lenguajes —Python, Java, C— y seguir siendo el mismo algoritmo. La receta no cambia porque la escribas en español o en francés.
Esta es una de las confusiones más frecuentes, y aclararla ayuda a entender por qué los informáticos hablan de «diseñar» un algoritmo antes de «implementarlo».
Hace una década, «algoritmo» era una palabra de clase de informática. Hoy es una palabra de telediario. La razón es que los algoritmos han dejado de limitarse a ordenar listas: cada vez más, toman decisiones que nos afectan directamente. Y eso plantea preguntas que ya no son técnicas, sino sociales y económicas.
Cuando alguien habla de «el algoritmo» de Instagram, TikTok o YouTube, se refiere a un sistema de recomendación: un algoritmo de aprendizaje automático que decide qué contenido te muestra a partir de lo que ves, cuánto te detienes y con qué interactúas.
No hay un editor humano eligiendo; hay un modelo optimizando una métrica, normalmente el tiempo que pasas mirando.

Lo mismo ocurre fuera de las redes. Algoritmos de scoring deciden si un banco te concede un crédito; otros filtran currículos en procesos de selección, calculan primas de seguro o priorizan a qué paciente atender.
La diferencia con la receta de cocina es enorme: aquí la «salida» del algoritmo cambia la vida de alguien.
Un algoritmo no es neutral por el mero hecho de ser matemático. Si aprende de datos históricos que reflejan desigualdades —por ejemplo, contrataciones pasadas sesgadas—, puede reproducir y amplificar esos sesgos. Es lo que se llama sesgo algorítmico, y no es un fallo del código, sino de los datos y del diseño.
De ahí que la transparencia se haya convertido en una exigencia: poder saber cuándo una decisión la toma una máquina y con qué criterios.
La Unión Europea (UE) ha sido pionera en regularlo. El Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial (AI Act), Reglamento (UE) 2024/1689, entró en vigor el 1 de agosto de 2024 con una aplicación escalonada6.
Clasifica los sistemas de IA por su nivel de riesgo y obliga, entre otras cosas, a inscribir los sistemas de alto riesgo en una base de datos pública de la UE, además de prohibir directamente algunos usos considerados inaceptables.
La idea de fondo es sencilla: si un algoritmo decide sobre personas, debe poder rendir cuentas.
En España, organizaciones como Civio llevan años reclamando un registro público de los algoritmos que usa la administración, precisamente para hacer auditable ese tipo de decisiones7.
Ninguna de estas cuestiones convierte a los algoritmos en villanos. Un algoritmo bien diseñado y bien vigilado ahorra tiempo, reduce errores humanos y democratiza servicios.
El reto no es frenarlos, sino entenderlos lo suficiente para exigir que sean justos y transparentes.
Un algoritmo es una serie de pasos ordenados que sigues para conseguir un resultado, igual que una receta de cocina. Tiene un principio y un final claros, y cada paso está definido sin ambigüedad. No hace falta saber programar para entenderlo: cualquier instrucción «haz esto, luego esto otro» es, en el fondo, un algoritmo.
Es un conjunto finito de instrucciones para resolver un problema; un ejemplo cotidiano es el GPS que calcula tu ruta. Introduces un destino (entrada), el algoritmo evalúa los caminos posibles (proceso) y te devuelve el más corto (salida). Otros ejemplos son una receta, un semáforo o la búsqueda binaria en informática.
Todo algoritmo tiene tres partes —entrada, proceso y salida— y debe ser preciso, ordenado, finito, definido y eficiente. La entrada son los datos de partida, el proceso los transforma y la salida es el resultado. Las cinco características garantizan que el algoritmo sea fiable y produzca siempre el mismo resultado ante la misma entrada.
El algoritmo es la idea de cómo resolver un problema; el programa es esa idea escrita en un lenguaje de programación que el ordenador ejecuta. Un mismo algoritmo puede programarse en Python, Java o C sin dejar de ser el mismo algoritmo. La receta no cambia por el idioma en que la escribas.
El algoritmo de redes como Instagram o TikTok es un sistema de recomendación que decide qué contenido ves según tu comportamiento, y el sesgo algorítmico es la tendencia de un algoritmo a reproducir desigualdades presentes en los datos con los que aprendió. No es un editor humano quien elige, sino un modelo de aprendizaje automático. Por eso la UE, con el AI Act, exige transparencia cuando esos algoritmos deciden sobre personas.
Detrás de palabras tan distintas como receta, GPS, feed o inteligencia artificial late la misma idea: una secuencia ordenada y finita de pasos que transforma una entrada en un resultado.
Entender qué es un algoritmo ya no es solo cultura informática; es la herramienta básica para preguntar, con criterio, quién decide lo que vemos, lo que se nos ofrece y lo que se nos niega.
La próxima vez que oigas que «el algoritmo lo ha decidido», sabrás exactamente qué hay detrás de esa frase.